El deporte emocional y sentimental
Hace cuatro años España se proclamaba Campeón del Mundo de baloncesto por primera vez en su historia. Jorge, co-creador de El Corte de UCLA, publicó esto en un blog que tenía por aquel entonces y que ya pasó a la historia. Creo que merece la pena que lo recuperemos:
Empecé a jugar al baloncesto cuando tenía 9 años. Era el primer año en mi nuevo colegio y la situación era dramática, venía de una enseñanza pública que no había hecho nada por mi y me encontré con un nivel de exigencia que me superaba en todos los aspectos.
Había que elegir una actividad extra escolar ya que mis padres, por esa época, trabajaban unas 12 horas al día y no podían (o no querían, o ambas…) venir a recogernos a las cinco que es cuando terminaban las clases. Amador, hermano del entrenador del estudiantes Paco Garrido, estaba trabajando en mi colegio, me vio en el patio y me dijo que fuera a probar. Tenía 10 años y medía más de 1,70, con diferencia el más alto de todos los chicos que había allí cuando llegué.
Y así empezó. El hermano del entrenador de Estudiantes, en el que jugaban Pinone y Russel por aquel entonces, me enseñó a botar, a tirar a canasta y a moverme como un buen pivot. A saltar y coger rebotes. Luego mi padre me enseñó que cuando tuviera el balón no podía permitir que nadie me lo quitara, que lo peleara a muerte y que no le tuviera miedo, que había cosas peores que un balón…
Durante unos años el basket era lo único que merecía la pena en mi vida. Odiaba el colegio, a muchos de mis compañeros, en casa no hacía nada,… Ese semi-autismo se me pasaba cuando jugaba o entrenaba. Curiosa sensación de libertad. Cuando venían malas notas o mis padres tenían que venir al colegio por algo siempre me encontraban tirando a canasta. Yo sólo, tiro libre tras tiro libre.
Luego llegaron mis mejores años. Empezaba a disfrutar más de otras cosas y eso se reflejó en mi juego. En el último año de liga en el colegio nos entrenó Juan, un chico no mucho mayor de lo que lo soy yo ahora, que se mató al año siguiente en un accidente de tráfico con el coche nuevo que le regaló su padre. Voy a tener su cara grabada en la mente cuando en un partido de liga me fui solo y me colgué del aro, el primer mate que hacía en mi vida en un partido oficial. Se llevó las manos a la cabeza y me dijo que era un cabrón. En el siguiente tiempo muerto el árbrito y el entrenador del otro equipo me vinieron a dar la mano. Desde que murió todas mis canastas van por él.
Ayer ganamos el campeonato del mundo. Y no solo es eso,… Es toda mi vida coincidiendo con esta generación en pruebas, es tener a un amigo de facultad que jugaba con Felipe Reyes en las pachangas de Coslada. Cuando perdía contra los niñatos del Fuenlabrada de 45, que no contaban con más años que mi hermana, no era consciente de que perdía contra los mejores jugadores del mundo en 2006. Dueñas era un poco mayor pero podría haber jugado este torneo sin problemas, cuando jugué contra él sacaba casi dos cabezas a nuestro hombre más alto.
Manu me comenta hoy lo mismo que le dije yo a Ana entre lágrimas la tarde en la que fuimos campeones del mundo. El baloncesto es un deporte que se juega en los colegios y en las facultades, va asociado al estudio y eso se nota más allá de que Corbalán sea médico, Iturriaga sea ingeniero, como Alfonso Reyes o que Pau dejase medicina en primero. La camadería, el cachondeo, la lealtad, el compromiso y el respeto al entrenador maestro que sabe de baloncesto más que tú son unos pocos de los valores que me ha enseñado este deporte.
Durante el año que estuve intentando jugar al máximo nivel baloncestístico para mi edad, estuve haciendo mejores y más competitivos, sin saberlo, a los que hoy por hoy son los mejores jugadores del mundo. Si has jugado al basket en los últimos 15 años debes sentirte partícipe, aunque sea un poco, y orgulloso de este éxito.
Jorge Bueno Meléndez.
12/08/1977
PD: Yo, es decir Karel, he sido muy afortunado compartiendo gran parte de esas experiencias con Jorge. Fui el primero en saltar del banquillo y gritar “¡Machaca!” cuando le vi correr aquel contrataque. Ni que decir tiene que ni yo mismo esperaba que lo hiciera. Uno de los mejores recuerdos de mi niñez, por alguna extraña razón. Y cada vez que leo esto, me pongo a llorar, es inevitable.






