Iverson, ocaso de un icono generacional

Sí, soy un chungo

Sí, soy un chungo

En Estados Unidos el deporte nacional es el fútbol (de ese que se juega con la mano) pero el que más ingresos genera, el que más audiencia tiene y el que más se juega en las calles es el baloncesto (algo que, por supuesto, no pasa en nuestro país).

Por tanto, parece lógico que si se trata del espectáculo que más dinero mueve en el ámbito deportivo, los protagonistas sean los mejores pagados de todos los atletas en este planeta. Ojo, hablo del dinero que ganan solo por jugar al baloncesto, no de los ingresos que generan gracias a su actividad extra deportiva como figura mediática asociando su nombre a marcas.

Todo esto viene a colación del repentino ocaso de Allen Iverson que, a pesar de fichar recientemente por los Philadelphia 76ers, es un pozo sin fondo del cual no puede, ni podrá ya, salir. No creo que haya dos analistas que coincidan en la última oportunidad que tuvo Iverson de hacer las cosas bien:  ¿cuando empezó a quejarse de que en Philadelphia no estaba conforme? ¿Cuándo llegó a Denver? ¿Su posterior viaje a Detroit?

Se conocen dos versiones de Iverson:

Una la del chaval sobrenaturalmente dotado para el deporte que es capaz de sacrificarse para dar de comer a su familia entera. La versión del hombre sobre el que Larry Brown llegó a decir en televisión que debería ser el modelo que todos los niños americanos debían tener.

Otra, la del chungo pandillero que vive con su séquito y que ha hecho de su propia vida un videoclip de hip-hop andante: coches carísimos, inversiones dudosas, mujeres tratadas como floreros. Un tipo machista y homófobo que tiene una idea un poco trastornada de lo que es el respeto y la hermandad.

Este último esfuerzo que Philadelphia hacer por Iverson se me antoja beneficiencia. Solo tiene 34 años y a parte de ser una superestrella de la NBA ¿Qué es Allen Iverson? Dejad que os de “The Answer”: NADA. Un anciano que no ha cumplido los cuarenta, alguien que será siempre recordado por lo que fue y nunca por lo que será: MVP de una temporada, un anotador incansable, icono de una generación que envejecerá mejor que él. Muy bueno el artículo sobre el tema que escribió Jeff Pealman mucho antes de conocerse su regreso a las pistas.

La NBA tiene en la gestión del éxito de sus estrellas una asignatura pendiente.

Recientemente sabíamos de los problemas económicos de Antoine Walker (que debe una cantidad de dinero infame a varios casinos y que no puede respaldar sus inversiones) pero no se trata solo del dinero, el artículo que publicó Gonzalo Vázquez sobre la personalidad de Sprewell lo muestra a las mil maravilas: el bueno de Latrell dijo, ante una oferta de 21 millones que según él insultaba a su inteligencia: “Tengo que dar de comer a mi familia”.

No es fácil gestionar el éxito como lo han hecho, por ejemplo, Michael Jordan o Shaquille O’Neal. Ambos han recorrido caminos muy distintos como distintas han sido sus personalidades pero sí que han conseguido salvarse de una quema seguro utilizando el órgano del que parecen cojear muchos deportistas de élite americanos: el cerebro. M.J. tuvo que lidiar con un divorcio millonario igual que lo tendrá que hacer O’Neal y, de eso, a penas trascenderá o será gestionado con extremo cuidado. Imagen, imagen, imagen y más imagen.

Es muy fácil echar pestes sobre jugadores conflictivos y chungos pero lo cierto es que el positivo en SIDA de Magic Johnson se me antoja inexplicabe para un deportista de su calibre, tan planetario, tan modelo a seguir por gente de todo el mundo; al igual que la acusación de violación que juzgó a Kobe Bryant llegó en un momento en el que este jugador coqueteaba con aspectos totalmente alejados de lo que debe ser un jugador de baloncesto modélico.

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